El silencio no es mi idioma.

martes, agosto 15, 2006

Volver, siempre volver


Los motores se ponen en marcha y por la ventana del ferry la ciudad de Colonia se va haciendo cada vez más pequeña hasta perderse para siempre en el horizonte. Va quedando atrás el Uruguay y el Río de la Plata va ganándolo todo frente a mis ojos. Ante la perplejidad del espectáculo de la naturaleza, no puedo evitar sentirme ínfimo, casi nulo, en medio de tanta agua.

Soy de los que sostienen que viajar es uno de los mayores placeres en esta vida, y no creo que sea por casualidad, la sangre no es café con leche y mi vieja es de las que vuelan con solo hojear la sección de viajes del diario del domingo. Volar con los pies sobre la tierra es un deporte familiar. En estos 26 años que llevo a cuestas tuve la oportunidad de viajar bastante, muchas provincias argentinas, algunos países de mi querida América latina, Estados Unidos y doce países europeos han sellado mi pasaporte.

No creo que haya nada de original en mi pasión por viajar, es algo bastante habitual, ¿a quien no le gusta viajar?, lo que quizás no sea tan común es que lo que más me gusta de cada viaje, es volver, si, VOLVER.

Mi pasión por volver se remonta a mi infancia, me acuerdo esos imborrables viajes en familia a Mar del Plata y Córdoba, los viejos, Nacho, la tía Lili y las primas, el eterno Dodge 1500 y su caño de escape roto en medio de la subida a La Cumbrecita, miles de kilómetros de ruta juntos. Recuerdo ya en esos viajes, como en cada regreso a Buenos Aires seguía ansioso los carteles indicadores del camino, la metrónoma cuenta frenética y regresiva, la desesperación cuando por largos ratos no había información, la alegría cuando tomábamos caminos conocidos, cuando el paisaje abandonaba los tonos verdosos y desolados y se empezaba a poblar de casas, de fábricas, de edificios, la General Paz, la llegada al barrio, ver que todo estaba ahí, que todo seguía en su lugar, la casa y el árbol, los vecinos, la vida.

He vuelto en auto, en tren, en avión y en ferry, siempre atraído por esa extraña fuerza gravitatoria que me acerca a esta ciudad.


Cuando pienso en volver, no puedo evitar pensar en aquellos que por tantos años no pudieron hacerlo, en los exiliados del peronismo (sobre todo en Cortázar) en los exiliados de las dictaduras, y también en los exiliados de las patéticas democracias que nos tocaron y nos tocan sufrir, que ya no exilian solo hacia fuera de las fronteras, sino que exilian y marginan puertas adentro, expulsan de la sociedad y condenan al hambre, a la desocupación y al analfabetismo.

La película "Made in Argentina", basada en la obra de teatro "Made in Lanús" cuenta la historia de un matrimonio que se exilia en Nueva York durante la última dictadura, y al volver a Buenos Aires de visita, tras la vuelta de la democracia y con dos pequeñas hijas yankees a cuestas, se reencuentran con los afectos, la familia y el barrio, pero también con la realidad de un país que fue devastado, y que contrasta con la realidad norteamericana. En una escena que siempre menciono, un genial Luis Brandoni que se llena de dudas con la vuelta al país le recrimina a su mujer, que con una visión más material de las cosas desprecia a la Argentina, "¿No te das cuenta de que hay cosas que no entran en una valija?".

En otra gran película Argentina, "Martín (Hache)" otro gran Actor argentino, Federico Luppi, cuenta desde Madrid que le costó darse cuenta de que era lo que más extrañaba de Buenos Aires, le dice a su hijo: “¿Sabes qué extrañaba yo de Buenos Aires? Los silbidos, la gente que anda silbando por la calle. Aquí nadie silba por la calle. Tardé en darme cuenta. Notaba algo raro pero tardé unos cuantos meses en darme cuenta. Casi me vuelvo. Me entraron ganas de volver, pero pasó”.

Después de dos horas de viaje, se divisan a la distancia desde la ventana del ferry , las primeras luces del puerto de Buenos Aires, el mismo puerto que hace exactamente doscientos años recibía la inesperada visita de Beresford y sus soldados sajones.

La ciudad contaba en ese entonces con 45.000 habitantes, muchos de los cuales integraron las tropas oficiales y las milicias urbanas que expulsaron al ejercito invasor. Poco tiene que ver esa ciudad con la que hoy me recibe, la invasión cultural imperial de nuestros días es netamente visible, palpable, y no llegó en barco.

Vuelvo a experimentar esa ansiedad de querer llegar, miro el reloj dos veces por minuto, me precipito a hacer la fila para descender cuando todavía falta media hora para el arribo, tengo los documentos en la mano listos desde hace rato, siento todo eso que se siente cada vez que la veo a ella, encendida como un sol, radiante como una novia, eterna como la juzgó Borges, tan eterna como el aire y el agua.


Hace tiempo que me debato internamente sobre el camino que debo seguir en esta vida, ¿será porque estoy siempre volviendo que nunca voy a ninguna parte?.


Ramo

3 Comments:

Blogger Nikko said...

Sabes lo que hacia yo en los interminables viajes que haciamos con mi viejo por toda la Argentina? Cerraba los ojos y calculaba el tiempo que el auto tardaba en hacer una determinada cantidad de kilometros. Esas boludeces las haciamos con mis hermanos sobre todo en los viajes por la Patagonia donde no ves un cartel por muchos muchos kilometros y perdes completamente el sentido de las distancias.
Muy bueno el blog como siempre.

8:08 p. m.

 
Blogger your said...

Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.

12:55 p. m.

 
Anonymous Mali said...

Te acordás, yendo, cuando nos paró la policía camino a Mardel??!!!!! Y otra vez que volvíamos con tu viejo..llovía tanto que se nos llenó el Dodge de agua!!!!

Imborrables viajes aquellos....

Mali hermanita mayor

2:30 p. m.

 

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