El silencio no es mi idioma.

martes, agosto 22, 2006

La luz de la heladera

Se llamaba Alberto y desconfiaba del mundo.


Salió del trabajo una tarde como cualquier otra. Lleno de interrogantes caminó por diagonal norte hasta Suipacha. Desde hacía un tiempo desconfiaba de todo y de todos, miraba a los peatones detenidamente como si en algún momento se fueran a lanzar sobre el, como si de un momento a otro algo terrible fuese a pasar, algo fuera de libreto, algo extraño, que rompiera la chatura de los monótonos acontecimientos de todos los días. Creía que todo el mundo lo observaba, los comerciantes, los maniquíes de las vidrieras de la calle Florida, los empleadas del banco, sus vecinos, todos. Cada cinco pasos que avanzaba, giraba violentamente la cabeza y miraba hacia atrás intentando encontrar a alguien en una actitud sospechosa. La psicóloga le había dicho que tenia que tranquilizarse un poco, que no existía ningún complot en su contra, que estaba todo en su cabeza, le habló de la paranoia y le dijo que hacía una interpretación delirante de las cosas que sucedían a su alrededor, dándoles un significado que no era real, pero después de todo, ¿quién podía asegurarle que ella no era parte de ese plan?, ¿qué no pertenecía a ese grupo de personas que lo observaban y que incluso le dejaban mensajes ocultos en el diario matutino?.

El tema de los mensajes lo descubrió una mañana en la que como todos los días, desayunaba en el café de la esquina de Sarmiento y el Pasaje Carabelas. Sobre la misma mesa de siempre, el mismo café, las mismas medialunas de manteca y el mismo periódico. Aquella mañana al sentarse en su mesa, escuchó como el dueño del lugar hablaba con la cajera y le decía que Néstor, el mozo, estaba enfermo, cosa que le llamó bastante la atención. Néstor era un muchacho joven, siempre portador de un buen semblante. El nuevo mozo le alcanzó el diario, y no pudo no pudo dejar de notar que una página del diario estaba doblada, como esperando ser leída. Abrió el diario y fue directo a la página que tenía el doblés en la esquina superior, sus ojos no podían dar crédito de lo que leía. Un hombre había sido asesinado en Ciudadela el día anterior sin razón aparente, su billetera y reloj estaban en su lugar cuando la policía arribó al lugar de los hechos en la calle Amoretti. Era un hombre común, un trabajador, no tenía deudas ni acreedores, los familiares del difunto no entendían el porque, los inspectores policíacos, tampoco.

Alberto sabía que las cosas no sucedían porque si, que esa hoja estaba marcada con algún fin, alguien quiso que el leyera ese mensaje. Desde ese día, cada mañana encontraba mensajes entre las noticias que creía que estaban puestas exclusivamente para el, como mensajes codificados que buscaba, leía y releía. Una pareja que moría por un escape de gas en Villa del Parque, un niño que caía por el hueco de un ascensor en Caballito, el número que salía favorecido en la lotería,

Su nivel de desconfianza se iba incrementando con el correr de los días. Pasaba largos minutos al día controlando el segundero de su reloj pulsera, esperando que se quedara quiero, o que girara en sentido contrario. Era frecuente encontrarlo en alguna esquina de la ciudad, mirando por horas un semáforo, controlando que el comportamiento de estos sea el correcto. También hay quienes aseguran haberlo visto en la terminal de Retiro, verificando si las partidas y arribos reflejaban lo que decían los carteles electrónicos.

Una noche de verano llegó cansado y hambriento a su casa. Se dirigió hacia la cocina, que permanecía a oscuras. Fue dispuesto a prepararse algo rápido para comer. Abrió la heladera y vio como la luz del interior de la misma iluminaba la habitación. Cerró la puerta y todo volvió a ser penumbras. Se preguntó si la luz se apagaría cuando cerraba la puerta, o si esta permanecía siempre encendida. Intentó los más complejos dispositivos para intentar descifrar este enigma, pero no tuvo éxito. Todos sus intentos claudicaban en el mismo momento que la puerta se cerraba. Desesperado recurrió al manual de la heladera, donde el fabricante confirmaba que la luz se apagaba al cerrar la puerta, y se prendía al abrirla, pero no lo creyó.

Comenzó a sacar todos los alimentos y a ponerlos sobre la mesa, luego continuó retirando los estantes y finalmente hizo lo propio con los cajones de verduras y carnes. Una vez que la heladera se encontró completamente vacía se introdujo en ella, se acomodó como pudo y cerró la puerta.

Esta historia puede parecerte exagerada, pero, ¿estás seguro que la luz de tu heladera se apaga al cerrar la puerta?.

Se llamaba Alberto y desconfiaba del mundo.

Ramo

5 Comments:

Anonymous Lau said...

No, no puedes estar seguro, cuando la vida te enseña a desconfiar, cuando aquello en lo que mas confiabas se quiebra fente a tus ojos, cuando tu corazón debe dejar latir por quien latía, cuando el cerebro se hunde en la confusión de no entender nada, porque? para que? , nunca mas volverás a caminar firme con la vista fija en el horizonte, volverás tu cabeza hacia atras miles de veces, recordarás las cosas sucedidas, temeras la próxima calle a cruzar, no dejarás que nadie llegue realmente a tu ser, solo el tiempo te enseñará a seguir sin cuestionarte... y solo en ese momento notarás cuanto has recorrido y cuantas manías has dejado atras

Ramo muy buenos los textos.
Lau

12:25 p. m.

 
Anonymous La hermanita mayor said...

Cortazito mío...ante todo, revisame lo del gas, que nos debemos unos mates!!!
Insisto...todavía podés dedicarte a la literatura!

Mali

2:34 p. m.

 
Blogger El Campeon de Bragado said...

CÓMO TESTEAR LA LUZ DE SU HELADERA
MANUAL DE COMPROBACIÓN DE MITOS
Ed. esKAPEdeLUZ

Un método sencillo aparecido en Popular and Nonsense Mechanics Vol. 4 de 2003 explica como verificar si la luz del refrigerador se apaga o no utilizando una cámara digital y dice así:

Seleccione en su cámara que el flash permanezca apagado. Luego, prepare la cámara para sacar una foto en modo automático. Acerquesé a la heladera y abralá. Dispare la cámara y luego apoye la cámara en alguno de los estantes. Cierre la heladera y espere entre 15 y 20 segundos para volver a abrirla y retirar la cámara que ya habrá tomado la foto. Comente la experiencia con sus amigos y familiares y será el centro de las fiestas.

;-)

10:22 a. m.

 
Blogger Tuchina said...

La desconfianza es el arma mas potente que posee el ser humano siempre y cuando tenga entre sus otras armas el pedir disculpas por haber pensado erróneamente... pero casi nunca falla la intuición! Sr Pol aun espero es charla, y cada vez promete mas y mas... Deberé comenzar a desconfiar??? Mmmmm??? Veremos veremos dijo un ciego. BESOS!

1:15 a. m.

 
Anonymous Graciela Alvarez said...

RAMO
ESTOY SEGURA DE QUE LA LUZ DE LA HELADERA SE APAGA CUANDO SE CIERRA PORQUE TIENE UN BOTÓN QUE CHOCA CONTRA LA PUERTA Y HACE QUE SE APAGUE, ES MÁS SIN CERRARLA DEL TODO VERÁS QUE SE APAGA SINO CON LA PUERTA ABIERTA APRETÁ EL BOTÓN.
EN LA VIDA HAY QUE DESCONFIAR PERO NO TANTO...!!! AUNQUE UN DICHO DICE "PIENSA MAL Y ACERTARÁS"

7:49 p. m.

 

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